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lunes, 26 de noviembre de 2018

Bienvenidos a la Cuarta Transformación

A partir del 01 de diciembre, la administración de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) empezará oficialmente sus funciones. Si bien desde el 01 de julio en que fue elegido el próximo Presidente de México, estos seis meses sólo han servido para dar a conocer la perspectiva del futuro sexenio en el país.
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Es evidente que la elección de López Obrador recogió el descontento de un gran sector de la población con la eterna hegemonía del PRI, de centro izquierda, como partido de gobierno, y de una alternancia con el PAN, de centro derecha (en el periodo 2000 al 2012), que no caló con la población. Los principales caballitos de batalla de AMLO fueron la lucha contra la corrupción y la mejora en las políticas públicas en favor del sector más pobre del país, con ciertos visos de progresismo que atrapó a más de la mitad del electorado mexicano.

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Lejos quedaron los competidores de López Obrador en la elección del 01 de julio, con lo que este resultado consolidó y dio una fuerte legitimidad a su elección. El mercado y los sectores más conservadores entraron en pánico por la incertidumbre que su planteamiento de política económica traía consigo. Luego del 01 de julio, muchos inversionistas, y diversos sectores del país estuvieron concentrados en captar las señales de lo que sería la nueva administración en México.
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En este sentido, las primeras señales fueron de diálogo y conciliación con la saliente administración de Enrique Peña Nieto (del PRI), aspecto que dejó un poco desconcertados a muchos de sus votantes, ya que la lucha contra su alicaída gestión había sido uno de los puntos críticos dentro de sus propuestas. Pero para los mercados fue una buena señal que, a diferencia de sus propuestas, se sentían aires de continuismo en el aspecto macroeconómico del país.



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No obstante, el Presidente Electo de México empezó dar señales confusas como las consultas ciudadanas. En su afán de demostrar que la gente tiene poder sobre el país, instauró diversos procesos de consulta ciudadana para decidir sobre proyectos de inversión pública de gran envergadura para el país, o decisiones ejecutivas críticas, que pusieron en tela de juicio la seriedad de sus planteamientos. Un tufillo a populismo se empezó a asomar sobre la siguiente gestión que viene, y no precisamente avizorando cambios positivos, la cuarta transformación da luces de ser una degradación del país.

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En el ámbito económico, las cifras de sus perspectivas de financiamiento para las propuestas de políticas públicas que plantea, no cuadran. Las prácticas de consulta ciudadana para tomar decisiones sobre proyectos de inversión pública, en el que los criterios técnicos son relevantes, han despertado incertidumbre sobre los inversionistas extranjeros y los potenciales riesgos que enfrentarían. Y, las presiones inflacionarias y del peso mexicano empiezan a comportarse en respuesta a esta incertidumbre. 
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En lo social, es evidente que este será un aspecto que promocionará constantemente el equipo de MORENA. Este será el principal driver para vender su gestión como la mejor de los últimos tiempos, esto ya que lo social es lo más visible ante los ojos de la población, aunque ello implique costos económicos y financieros que nadie mirará o minimizará. En este sentido, será común los programas y políticas sociales que sean políticamente populares, aunque no tengan la suficiente sustentabilidad técnica ni económica.
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En cuanto a la lucha contra la corrupción, el motivo principal por el que votaron los mexicanos, es evidente que no avanzará mucho en esta materia y es que López Obrador no solo es el Presidente Electo de México, sino que anteriormente ha sido Jefe Delegacional de la Ciudad de México. Por ello, es claro que parte de la transferencia entre el PRI y MORENA ha sido negociar el tratamiento a los casos de corrupción que se están investigando o se pretendían investigar desde ambos bandos. La reciente postura del “borrón y cuenta nueva” anunciada por AMLO respecto a los funcionarios corruptos de gestiones anteriores, así lo demuestran. En el extremo, para dar muestras de la lucha contra la corrupción, la persecución será contra los casos abiertos del PAN (partido de centro-derecha), considerando las fuertes diferencias que separan a ambos bandos.

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Esta situación no es nueva para América Latina, aunque quizá sí lo sea para México. Diversos países latinoamericanos ya han tenido gobiernos dónde lo primordial del ejecutivo es ganar popularidad política a costa de la salud económica y financiera del país, donde no se escatima en ello con tal de dejar una imagen positiva frente a la población. No es difícil pensar que esto va a ser así, tomando en cuenta los desastrosos resultados de su gestión como Jefe de la Ciudad de México. Durante este periodo, López Obrador obtuvo un respaldo gigante, por parte de los capitalinos, por las diversas obras de corte social y urbanístico que mejoraron la cara de la ciudad, pero lo que costó dejó casi en ruinas a la Ciudad de México, aunque muchos no lo vieron y no les interesó en absoluto. Lo mismo sucede hoy con las Consultas Ciudadanas, ejercicios que se publicitan como el mecanismo “democrático” (a pesar de no tener ni un control electoral) para que el pueblo decida sobre sus proyectos, aun cuando se sabe que esto puede atentar contra la sustentabilidad técnica de los mismos y el costo a asumir por el país sea exponencialmente mayor.
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En la región hay ejemplos vivos de esta forma de gobernar, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Alan García en el Perú, Lula Da Silva en Brasil, entre otros. Todos con resultados que no necesariamente llevaron a una crisis estrepitosa al país, pero al menos estancaron el crecimiento económico y afectar diversos factores macroeconómicos del país a costa de buscar una mayor aceptación popular.
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Esta situación es lamentable para México, en un contexto dónde necesita despegar, y reactivar diversos zonas productivas y comerciales del país, dónde es necesario sanear las cuentas públicas y ser más austeros para tener un reinicio de gestión mucho más adecuado que le permita tener holgura de maniobra. Lamentablemente, este tipo de gobiernos no se fijan en ello y sólo buscan agraciar a la población. Hoy, más del 60% aprueba la gestión de AMLO como Presidente Electo gracias a las consultas ciudadanas, qué pese a carecer de todo sentido técnico han sido aceptadas por el grueso de la población como una acción del “gobierno del pueblo”.

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Serán seis años de idas y vueltas, de avances y retrocesos constantes, de incertidumbre para el mercado, el inversionista y el empleado formal. Será un sexenio de inflación, de tipo de cambio volátil y de una serie de locuras políticas que solo buscarán afianzar la imagen de López Obrador como la “Esperanza de México”, aunque en realidad se esté forjando la figura del nuevo Verdugo de México.
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sábado, 27 de octubre de 2018

Entre el fascismo ultra conservador y el progresismo izquierdista



Los resultados de la primera vuelta en Brasil marcan un escenario complicado y extremo en el país carioca, y por consecuencia en la región de América Latina. El enfrentamiento es entre dos polos extremos: La candidatura de Jair Bolsonaro representando la ultra derecha fascista y conservadora que nunca ha gobernado el país, y la de Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores, oficialista, y representando la izquierda progresista que ha gobernado a Brasil en los últimos quince años, y arrastrando consigo todos los escándalos de corrupción de sus antecesores.
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Estas elecciones en Brasil son históricas, no sólo por tener una elección polarizada entre dos ideologías completamente extremas, situación que nunca ha pasado de forma tan radical en el país, sino también por la influencia política, social y económica del gigante sudamericano en toda la región latinoamericana.

Durante los 90, Brasil marcó la pauta para instaurar el neoliberalismo en la región, y por siete años consecutivos, Fernando Henrique Cardoso pudo imponer y afianzar esta corriente en su país. Al principio, los beneficios económicos fueron sustancialmente positivos, pero luego la crisis económica causada por el fuerte incremento de la deuda externa atacó al país. 
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La población cansada de la crisis en que Cardoso los había metido, aunado a los múltiples escándalos de corrupción, decidió darle un giro político al país y elegir, en el 2002, a Luiz Inácio Lula da Silva del Partido de los Trabajadores, exsindicalista y representante de la izquierda progresista de Brasil. Un viraje del rumbo político que no solo impactó en Brasil, sino que significó el cambio ideológico de la región ya que su radio de influencia impactó sobre diversos procesos electorales en la región.
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Esta elección cambió la forma de hacer política en Brasil, dónde ahora el Estado tenía una fuerte intervención en la vida económica y empresarial del país. Y empresas estatales como Petrobras tuvieron preponderancia en las cuentas fiscales y en la actividad económica de Brasil. Siete años de gobierno populista hicieron que Lula sea de los presidentes de Brasil con mayores índices de aprobación mientras estaba en el cargo, esto le sirvió para influenciar la elección de Dilma Rousseff, del mismo partido y corriente, como su sucesora en la presidencia. 
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Lamentablemente para Dilma, su gobierno no fue del todo exitoso y hacia el final de su primer periodo gubernamental, los casos de corrupción de Petrobras, LavaJato, y Odebretch, empezaron a hacer mella de la popularidad del gobierno izquierdista. Logró una ajustada reelección, pero en su segundo periodo, en lugar de enfocarse en las políticas públicas y económicas del país, los esfuerzos estuvieron concentrados en luchar contra las acusaciones que recaían sobre Dilma y Lula. Tres años después, Dilma fue censurada por el parlamento ante las inminentes acusaciones e investigaciones a las que tenía que hacer frente.

Luego de la censura a Rousseff, el vicepresidente de la República Michel Temer, de centro derecha, gobernó el país, pero el escenario político no fue más alentador que lo sucedido los años previos a su gobierno, además la violencia en el país se hizo más aguda ante la crisis económica y política que vivía Brasil. Todo ello ocasionó una sensación de descontento, decepción, indignación y hartazgo de la población contra la clase política de su país, y una necesidad urgente de cambio. 


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Este fue el escenario político con el que Brasil comenzó su proceso electoral del 2018 para elegir al próximo Presidente de la República. Esta campaña, empezó incipiente sin un candidato fuerte que contrarrestara la precandidatura de Lula y marcada por el proceso judicial que decidiría el futuro político del expresidente. Luego de tanta incertidumbre, Lula fue acusado y sentenciado a prisión, por lo que la candidatura “fuerte” (lideraba las encuestas, pero con apenas 14% de respaldo) de la izquierda se caía, y la campaña volvía a empezar. 
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En esta reorganización del proceso electoral, surgió un militar en reserva y que traía consigo una política conservadora de ultraderecha, totalmente opuesta a la que gobernó Brasil por quince años, llamado Jair Bolsonaro. Las propuestas de cambio en la política económica y la lucha contra lo diferente para reducir la violencia en el país calaron fuertemente, a tal punto que los electores de Bolsonaro en la primera vuelta casi llegaron al 50% de los votantes.
Este tipo de candidatos radicales siempre surgen y calan cuando las autoridades vigentes causaron hartazgo en la población. Pese a las propuestas fascistas de Bolsonaro, los brasileños no han podido discernir correctamente entre lo que significaría su elección como presidente. Si bien representaría el cambio radical que Brasil espera, también traería consigo discriminación, segregación y una amplitud de brechas sociales más profundas de las que hoy ya existen en Brasil. Además, distinto a lo que se piensa, la violencia se incrementaría de manera sustancial ante las políticas fascistas con las que planea gobernar Bolsonaro.
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Cómo muestra de este futuro escenario complicado que enfrentaría Brasil, hoy muchos seguidores de Bolsonaro han reaccionado de forma violenta contra los grupos sociales minoritarios, siguiendo el discurso del candidato presidencial, incluso llegando a asesinar a un grupo personas transexuales bajo el lema “queremos limpiar Brasil de esta lacra”. Estos actos dan luces de los niveles de violencia que alcanzaría el país, y además de la intolerancia contenida y escondida que ha habitado en muchos grupos sociales del país. 
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Analizando los resultados de la primera vuelta electoral, los electores de Bolsonaro corresponden mayoritariamente a los niveles socioeconómicos media y alta, que viven en ciudades donde predomina la población blanca y con altos niveles educativos. Esto nos muestra que esta parte de la sociedad ha vivido reprimida en cuánto a sus sentimientos fascistas y están dispuestos a “limpiar el país” para tener un mejor futuro.
Por el lado contrario, el candidato de la izquierda oficialista, Fernando Haddad, quién quedó relegado por una amplia diferencia en el segundo lugar, alcanzó esta posición gracias a que su mayoría de votantes corresponden a las clases socioeconómicas más bajas de Brasil, y que viven en las ciudades de población negra y con elevados índices de pobreza. Claramente, a este grupo poblacional no le es relevante la corrupción de sus gobernantes, sólo que respeten sus derechos y continuar recibiendo apoyo gubernamental mediante los diversos programas asistencialistas que instauró la izquierda progresista.
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Esta segmentación entre ambos candidatos, de cara a la segunda vuelta, ha fraccionado al país en una lucha política (Izquierda vs. Derecha), pero también en un enfrentamiento social entre pobres y ricos, entre blancos y negros, entre heterosexuales conservadores y demás orientaciones sexuales. Esta confrontación lo único que está ocasionando en Brasil es un fuerte incremento de la violencia, y podría ocasionar un retroceso en el reconocimiento de los derechos hacia la diversidad de personas que habitan Brasil, lo que significaría un incremento en la fractura social del país.
Esta segunda vuelta en Brasil es una encrucijada entre dos males distintos, uno nuevo y otro conocido. Es una elección entre el fascismo conservador de ultraderecha y la corrupción e ineficiencias de la izquierda progresista. La decisión no es sencilla, ya que ambos atentan contra el desarrollo del país. Y por la influencia del país carioca, podría macar un precedente que pudiera afectar la situación política, social y económica de América Latina.